
La cita corresponde a la introducción de Homoludens,
el libro donde Johan Huizinga propone que la lúdica ha sido crucial
para el desarrollo de la cultura humana. Para él la cultura era el
resultado de un juego donde se establece un conjunto de reglas con el
cual se instituyen los roles que cada individuo desempeña en la
sociedad. Distribuirlos supone distinguir a los integrantes del juego
social por sus orígenes, rangos y funciones, mediante signos expresados
en la apariencia vestida. Esta misma lógica aplica a los uniformes
deportivos, diseñados no solo para distinguir un juego, los jugadores o a
un equipo sino también para responder a las necesidades de movilidad
física que demanda cada deporte; y aunque la ropa deportiva ha sido
creada para dichos fines se ha trasladado de los campos de juego a la
vida cotidiana, y de allí a las cumbres más elevadas de la industria de
la moda.
Hacia finales del siglo XIX, bajo la incitativa de crear unos juegos olímpicos, inspirada en la antigua Grecia y teniendo como referencia los juegos realizados en Olimpia desde siglo VIII A. C. hasta el IV D.C., algunos juegos pasarán de ser un entretenimiento a convertirse en deportes modernos puesto que desde entonces contarán «con una institucionalidad» y una «organización selectiva», pero no todavía con indumentarias pensadas para su ejecución. Ese será un proceso que se desarrollará a lo largo de los años venideros; por tanto podemos afirmar que la ropa para los deportes es uno de los sucesos relevantes del siglo XX, que surge en respuesta a esa institucionalización del deporte.
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