Por
William Cruz Bermeo
La naturaleza floral y botánica ha sido
fuente inagotable de inspiración para engalanar el cuerpo; sus colores,
formas y aromas permiten desplegar el instinto humano por ornamentarse.
Ambas han sido materia prima para la producción de colorantes, fibras y
fragancias; los diseñadores textiles las han plasmado en sus tejidos y
algunos creadores han adoptado flores como su sello distintivo: la rosa
de Paul Poiret, la camelia de Chanel, el lirio del valle de Christian
Dior o la margarita de Mary Quant. Hoy en día, tras siglos de su
implantación en la moda, los diseños de flores y follajes continúan
floreciendo.
En el siglo XVII la indumentaria era ya
un jardín florecido en el que tejedores, bordadores y estampadores
expresaban su arte impulsados por los gustos de la
clientela e
influenciados por los exóticos textiles provenientes de Oriente, más las
distintas expediciones botánicas que con sus herbarios y dibujos a modo
de inventarios servían de guía para el diseño de motivos que cada vez
ganaban más realismo; especialmente para el siglo XVIII, cuando en
Francia los tejedores revolucionaron el oficio logrando motivos
tridimensionales que superaban en verosimilitud a los diseños
esquematizados de los antiguos textiles de Oriente. Para ello
recurrieron a tonos claros y oscuros, generando la impresión de volumen e
introduciendo así los principios de la pintura en el telar. Esto a su
vez se tradujo en diseños de flores y ramilletes gigantescos que hacían
ver los vestidos como un rebosante jardín del Edén.
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